La IP del Proyecto, María Sánchez Valle ha publicado un artículo en TELOS sobre IA, edadismo y brecha digital, llamado Inteligencia Artificial, una oportunidad para la inclusión de los mayores.
La brecha digital por edad persiste y se transforma con la irrupción de la inteligencia artificial. La alfabetización de la población, combinada con otras estrategias, puede cerrar esta distancia tecnológica, un paso necesario para incluir a todos en la nueva sociedad digital. España envejece —más de diez millones de personas superan los 65 años—, mientras la digitalización avanza a pasos agigantados, impulsada por la IA. Aunque el 80,1 % de las personas entre 65 y 74 años usan internet, su nivel de destreza y el acercamiento a la red suelen ser distintos a los de generaciones posteriores, enfocados en necesidades concretas como la comunicación o la gestión de servicios. En los grupos de discusión del proyecto AlgorLit, los mayores expresan tanto la fascinación («parece magia») como el miedo («no sabe uno si va a ser un control mental horrible») ante esta tecnología.
No obstante, considerar a las personas mayores como un grupo homogéneo constituye un error, pues la brecha digital también está influida por factores como el nivel educativo, los ingresos o el estado de salud. Entre las barreras comunes se encuentran los cambios físicos y psicológicos asociados al envejecimiento, la falta de habilidades digitales y el diseño tecnológico poco adaptado. La motivación, especialmente la percepción de utilidad y la autoeficacia, desempeña un papel clave en la adopción, algo que la irrupción de la IA intensifica. Muchos séniors reconocen su potencial, pero expresan miedos ante el desconocimiento de su funcionamiento, aunque ya interactúen con ella a través de asistentes virtuales o chatbots, herramientas que pueden facilitar la vida diaria, pero que a veces generan frustración si no están diseñadas pensando en sus necesidades específicas.
En este contexto, el edadismo digital se manifiesta desde el diseño poco accesible de plataformas hasta la exclusión, reforzando estereotipos y provocando autoexclusión. Prejuicios como “Si preguntas mucho parece que eres tonto” limitan el acceso a derechos básicos, como evidenció la campaña “Soy mayor, no idiota” de 2022 contra la digitalización bancaria, que logró un acuerdo para garantizar una atención personalizada. Sin embargo, la falta de políticas públicas coordinadas continúa dificultando una verdadera inclusión digital. La clave reside en promover un diseño inclusivo y en facilitar la formación, adaptándose a las realidades y necesidades del usuario, fundamentalmente reforzando la confianza y desmontando la idea de que “ya es tarde para aprender”.
Para que la IA no sea una barrera y se convierta en una oportunidad, se requiere adaptar las plataformas educativas al ritmo de aprendizaje del usuario. De hecho, algunas aplicaciones de IA ya ayudan a cerrar la brecha digital, como los asistentes por voz, los chatbots en lenguaje natural y los sistemas de accesibilidad visual. Para mejorar la calidad de vida de las personas mayores, es necesario reconocer sus necesidades y diseñar tecnologías que les incluyan desde el principio. Empresas e instituciones públicas tienen la responsabilidad de garantizar que nadie se quede atrás, elaborando códigos de buenas prácticas y auditorías sobre inclusión. Al igual que la alfabetización tradicional, la digital es hoy una condición para la participación plena en la vida social, económica y política.



